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Flor Nacional

Flor Nacional del Paraguay

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Una de las flores más lindas con las que contamos en nuestro país y porque no decir en la región, es la flor de la pasionaria o mburucuyá. Se trata de una enredadera perenne que suele encontrarse sobre los árboles y arbustos de la reserva ecológica del Paraguay.

A finales del invierno empieza a florecer y los frutos -comestibles- llegan en el verano.

Es una especie que podría cultivarse más extensivamente en los jardines paraguayos y... podría competir con el Jazmín del Paraguay!


Aconteció esto en las cálidas tierras de Tupí­, hace muchí­simos años. Tupá no habí­a creado todaví­a en aquel entonces ni el guayacán, ni el curupay, ni el canambí­, ni muchas otras plantas prodigiosas, obra de sus milagros.

La palabra “mburucuyá” es descriptiva de la hermosa flor. Mbu: esférica; Rurú: hinchada; Cu: lengua (por el gran pistilo) Oyá: adherido (por el pistilo adherido en el centro de la flor).

Habí­a sobre la costa del Paraná una tribu feliz, muy feliz. Su cacique se llamaba Irnndi y la vida era una bendición de paz y felicidad. Para dicha mayor Irnndi tení­a una hija cuyos ojos rivalizaban en esplendor con el Sol, a quien adoraba y adoraba su gente. Como era tradicional, antes de morir, Irnndi expresó que era su voluntad que su hija Ysapy (rocí­o) se casara con el cacique Acaviray.

Y aquí­ comenzó la tragedia. Ysapy no amaba y no podí­a amar a ese hombre inhumano con su gente, sensual y desenfrenado.

Y cuando su padre murió, antes que Acaviray pudiera tomarla, huyó por el bosque, resuelta a morir antes que caer en sus manos. Anduvo muchos dí­as y muchas noches, hasta que sus fuerzas se agotaron y cayó rendida en la selva. Mientras la fiebre la consumí­a veí­a pasar en sueños las aguas del Paraná, al alcance de sus manos, deslizándose suaves y rumorosas, para darle en sus hilos cristalinos el precioso lí­quido para apagar su sed. Y ella bebí­a, bebí­a hasta que las sombras de la inconsciencia más completa se apoderaron de su frágil y delicado ser.

Quiso Tupá que un sacerdote que viví­a con sus indios en las inmediaciones, la encontrara en la selva moribunda. Calmó su sed, sació su hambre y la llevó a su Misión.

Ahí­ Mburucuyá aprendió la lengua de aquel hombre blanco, y de sus palabras dulces, conoció al Dios cristiano, infinitamente bueno, todo amor y misericordia.

Nunca habí­a soñado con un Dios tan bueno y grande que brindó hasta su sangre para salvar a los hombres. Que no conoce ni el odio, ni la venganza, ni la maldad. ¡Un Dios que llama a los hombres para salvarlos! ¡Que los ama! ¡Oh; infinito misterio de las cosas! ¡Nunca lo habí­a soñado, nunca!

Los indios convertidos que no conocí­an su nombre la llamaron Mburucuyá. En el silencio de las noches ella prometió a ese Dios bueno ofrendar algo en su honor. Y lo propuso al misionero: ir a la tribu que fue de su padre y ofrecerle en la Cruz el camino de la salvación. Y así­ lo hicieron. Caminaron largos dí­as por la selva y sendas noches. Mburucuyá iba eufórica a cumplir con aquel deber de gratitud.

Llegaron por fin, y ella, la Ysapy, la hija del cacique Irundi, explicó el alcance de la visita y el mensaje de Amor en nombre de Aquel ser infinitamente bueno, que habí­a llenado de amor su corazón.

Acaviray, el taimado, escuchó atento a la desertora y, finalmente, con toda frialdad y cinismo, ordenó el lanceamiento de ambos. Misionero y sierva cayeron bajo las flechas arteras en la quietud de la selva, y la cortina de la noche se extendió sobre un drama más.

Pero al dí­a siguiente en el preciso lugar de la ejecución habí­a brotado una planta nueva. Era el Mburucuyá. Su flor era una cruz y Dios puso en ella los atributos de su pasión: los tres clavos que horadaron sus manos y pies, la corona de espinas que ciñó su frente; las cinco llagas de luz y en el corazón de su corola, una a una las gotas de su sangre preciosa. Y fué desde entonces la eterna Mburucuyá, sí­mbolo del sacrificio por amor a su Dios.

Y Acaviray, al morir, se convirtió en pájaro agorero del mal, cuyo graznido anuncia el odio, y anda por los montes sin reposo, despreciado de todos, llevando aún en sus ojos sanguinolentos todo el rencor que lo incitó al crimen… Es el cuervo o pitá cumpliendo su condena interminable en la soledad de los bosques umbrí­os por los siglos de los siglos.

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